lunes, 15 de octubre de 2012

Los dilemas de Hollande


Puede decirse que el gran mérito de la campaña presidencial de François Hollande fue haber convocado en torno a su persona a todos aquellos que, por distintos motivos, querían ver a Sarkozy fuera del poder. El socialista fue un maestro en el arte de encarnar un rechazo más que un proyecto, y por eso aun electo no deja pasar ocasión de marcar las diferencias: en la ceremonia de cambio de mando se permitió gestos poco amables para con su predecesor y en su primera entrevista televisiva habló mucho de él. Con todo, la mera diferencia no constituye un programa, y Hollande parece a ratos un poco extraviado, como si ya hubiera cumplido su objetivo principal. Un poco por lo mismo, hay que leer con sumo cuidado la presidencial francesa. Muchos “comentadores” se han apurado en celebrar el retorno de la izquierda al poder, y tienen algo de razón. Pero hay un movimiento exactamente inverso que es mucho más profundo: Francia está virando hacia la derecha, y bruscamente. Las aguas no serán tranquilas para el nuevo presidente.

Naturalmente, el contexto no le facilita las cosas: el margen de acción de Hollande es prácticamente nulo, y muchas de sus promesas no podrán ser cumplidas. En este plano, la imitación a Mitterrand -cuyo primer gobierno partió con un aumento brutal del gasto público- es simplemente impensable. El primer Mitterrand todavía conservaba la ilusión romántica de cambiar el mundo, mientras que Hollande es un moderado por donde se le mire. Por eso, el gallito que lo enfrenta a Ángela Merkel tiene más de efectista que de efectivo. Es cierto que Hollande quisiera que la Unión Europea pusiera más atención en el crecimiento y que el Banco Central Europeo permitiera algo de inflación para posibilitar un respiro a las economías del sur. También es cierto que Merkel, en función de sus malos resultados electorales y de la crisis griega, se muestra dispuesta a transar en algunos aspectos. Pero en lo esencial, la posición germana no ha variado ni un milímetro, y Merkel la reafirmó hace pocos días bajo la ovación de sus parlamentarios: el crecimiento generado con deuda es ilusorio, y no habrá plan de crecimiento sin reformas estructurales.

El desafío de Hollande es persuadir a sus vecinos y tratar de mover las líneas. Pero la tarea no es fácil, y de hecho su propuesta de mutualizar la deuda emitiendo bonos europeos fue rechazada por los alemanes. En rigor, la crisis europea tiene mucho de trágica en cuanto no tiene solución: la deuda es un camino sin salida, y la austeridad no permite pagar las deudas. Para peor, Europa ni siquiera puede aliviar con inflación los síntomas más dolorosos. El espacio para jugar es mínimo, y Hollande sólo busca introducir un poco de voluntarismo allí donde reina la tecnocracia de Bruselas. La ironía de la historia es que Sarkozy intentó lo mismo hace algunos años: todas las discusiones que Hollande va a emprender, Sarkozy ya las tuvo y sin éxito. Es cierto que el escenario ha cambiado (y puede seguir cambiando si Grecia sale de la Zona Euro), pero Francia no está en situación de imponer cambios sustanciales en las reglas del juego: el voluntarismo de Hollande corre el riesgo de ser tan vano como el de Sarkozy. Y aunque las instituciones europeas se han convertido en una trampa mortal para Francia, Hollande jamás patearía el tablero porque, en el fondo, es mucho más europeo que socialista.

Así, el pretendido socialismo del siglo XXI deberá construirse sin dinero para gastar, sin moneda que devaluar y bajo estricto control germano. Luego de la derrota de 1870 en la guerra franco-prusiana, el embajador inglés en Francia escribía a Londres: “Es inútil hablar con París. Las decisiones francesas más importantes se toman en Berlín”. La desventura de Hollande es justamente que puede terminar repitiendo la historia, esta vez sin necesidad de guerra: mientras más tarde Francia emprenda sus reformas estructurales, más tendrá que someterse a los designios de sus vecinos.

Publicado en Qué Pasa el viernes 1º de junio de 2012

Aylwin, Allende y la Concertación


“ALLENDE terminó demostrando que no fue un buen político, porque si hubiera sido buen político no habría pasado lo que pasó”. Con esa frase, Patricio Aylwin logró reabrir el viejo debate sobre las responsabilidades de la crisis institucional que vivió Chile en 1973. Y aunque el juicio podrá indignar a los infatigables sacristanes de la memoria, la verdad es que no tiene nada para sorprender. De hecho, sus afirmaciones son hasta un poco inocentes: ¿Cómo negar que Salvador Allende tuvo alguna responsabilidad en lo ocurrido mientras era presidente?

Ya Lenin enseñaba que los procesos revolucionarios deben conducirse con máxima responsabilidad y manteniendo a raya el infantilismo propio del extremismo: la revolución debe cuidarse tanto de su izquierda como de su derecha. Allende nunca entendió la radicalidad de ese dilema, y allí reside toda su tragedia que fue también la de Chile. El líder socialista mantuvo siempre una deliberada ambigüedad para con los grupos más incendiarios, como si nunca hubiera sabido qué tipo humano quería encarnar: el político tradicional y reformador de una democracia burguesa o el revolucionario latinoamericano que alimenta hasta hoy los clichés europeos.

Esta tensión nunca se zanjó y es visible incluso en los últimos minutos de su vida, mientras apelaba, fusil en mano, a los valores democráticos. Digamos que Allende tenía una excesiva confianza en sus dotes políticas para salir del atolladero -su famosa “muñeca”, cuya habilidad Aylwin reconoce-, pero cometió un error craso: las virtudes de un viejo negociador parlamentario son perfectamente inútiles en períodos revolucionarios.

Allende no advirtió cambios muy profundos que venían incubándose en su propio partido ni percibió las lógicas que se desarrollaron en su propio gobierno. Maquiavelo se quejaba de la incapacidad de los políticos para cambiar con los tiempos, y en Allende había algo de eso, algo así como una rara incomprensión respecto del proceso que él mismo encabezaba. Y es imposible conducir correctamente aquello que no se entiende. Es cierto que hubo factores externos que le complicaron la tarea, pero hay que ser marxista de macetero muy pequeño para ignorar que toda acción conlleva necesariamente una reacción.

Ahora bien, todo esto no tendría más interés que el de un legítimo debate histórico si no fuera por la excéntrica reacción del Partido Socialista que no acepta que Patricio Aylwin diga lo que piensa. Esa intolerancia a la divergencia es bien sintomática del estado terminal de la alianza entre el PS y la DC. En el origen mismo de la Concertación hay un pacto histórico entre el centro y la izquierda, pacto que no supuso nunca la negación de las profundas diferencias que ambos sectores tuvieron en los años 70. Se trataba más bien de pensar en algo común a partir de esas diferencias y la Concertación fue tan exitosa justamente porque supo alimentarse de esa dialéctica indispensable en la construcción de una mayoría política.

Si los socialistas se irritan tanto por las palabras anodinas de Aylwin, es justamente porque el matrimonio ya no resiste ni siquiera la explicitación de las diferencias. Cuando el futuro deja de ser un proyecto común, entonces es indispensable aferrarse al pasado: es inútil, pero es humano.

Publicado en La Tercera el miércoles 30 de mayo de 2012

La hora de los políticos


PUEDE decirse que la importancia adquirida por las encuestas es un signo inequívoco de la crisis que atraviesa la representación política. El vínculo entre representantes y representados se ha distendido de tal modo que pocos todavía tienen el coraje de enfrentar el mundo directamente, sin pasar antes por el nuevo Delfos.

Aunque las encuestas son un instrumento legítimo, conviene tomarlas con moderación: el mundo no cabe en un sondeo ni puede reducirse a un par de números. Las encuestas tienen tendencia a convertir la realidad en un pálido reflejo de sí mismas, pues configuran la realidad al mismo tiempo que la van desfigurando. Nada de raro entonces que nuestro espacio público pierda espesor, y se aparente cada día más a un pobre espectáculo de imágenes, sonrisas y máscaras gastadas.

Cuesta explicar de otro modo que los dos nombres que lideran, y por lejos, los sondeos presidenciales sean una completa incógnita. Ninguno de ellos ha pronunciado una sola palabra que nos permita hacernos una idea del Chile que quieren. Es cierto que Michelle Bachelet fue presidenta, pero en rigor eso no hace más que agravar su caso. Moró cuatro años en Palacio, pero nadie sabe qué país quiere construir, ni cómo piensa enfrentar los desafíos de la globalización, ni su sentir sobre el nuevo Chile, ni nada. Ni hablar de asumir responsabilidades por lo que hizo mientras estuvo en el poder. Las contorsiones de los dirigentes concertacionistas por allanarle el camino no logran esconder lo obvio: Bachelet es una tabla de salvación que los hundirá todavía más, justamente en razón de su carácter ilusorio. Y no deja de ser triste que la izquierda, que produjo para Chile un Pedro Aguirre Cerda y un Ricardo Lagos, no pueda ofrecernos nada más que una (repetida) tarjeta Village. La tradición política que mayor densidad republicana reivindica no tiene más argumentos que una encuesta, ni más propuestas que una servil sumisión a la moda.

Por su parte, el oficialismo corre el serio riesgo de cometer un error simétrico con Laurence Golborne. No se trata de descalificarlo a priori por haber liderado el rescate de los mineros ni por su escasa experiencia política, pero sí de exigirle un mínimo discursivo. El mismo Golborne debiera entender, si no quiere tropezar con las mismas piedras, que una presidencia no se improvisa, porque el país necesita algo más que espíritu deportivo y buena voluntad. Las ideas de Golborne, si es que la hay, siguen siendo un misterio insondable.

Como puede apreciarse, el cuadro es poco alentador. En efecto, ¿qué puede esperarse de candidatos que no hablan, que no piensan, que no se asumen? ¿Qué hace un candidato que no propone, que no arriesga, que no dibuja siquiera un atisbo de proyecto? Llegados a este punto, uno puede preguntarse si no habrá llegado el momento de rehabilitar a los políticos de verdad: los Escalona, los Allamand, los Insulza y los Longueira. Son aquellos que no llegarían a La Moneda a aprender ni a improvisar, porque conocen bien su oficio. Son aquellos que saben construir acuerdos y conocen a sus interlocutores. Son aquellos cuya acción política se inscribe en una tradición y trayectoria. La dificultad estriba en que ellos mismos parecen ceder a la nueva lógica. Y se equivocan porque, aunque suene descabellado, el país los necesita.

Publicado en La Tercera el miércoles 16 de mayo de 2012

Impuestos y clase media


Quizás el principal problema de la reforma tributaria impulsada por el gobierno sea su dispersión: al buscar satisfacer muchas demandas distintas, se termina sacrificando la coherencia. Y aunque no está mal orientada, la reforma es tímida y deja varios cabos sueltos. Las dificultades, como le suele ocurrir a esta administración, comienzan con las expectativas: la retórica empalagosa puede pagarse caro. Dicho de otro modo, el Ejecutivo deberá mantener la muñeca firme si no quiere salir trasquilado del Congreso, donde abundan los díscolos dispuestos a todo por un minuto de gloria.

Uno de los objetivos explícitos de la reforma es, según el Presidente, aliviar a la clase media. Al reducir el impuesto a la renta y permitir la deducción de parte de los gastos en educación, el gobierno hace una apuesta por una categoría social un poco difusa, pero no por eso menos real. Los más críticos dicen que estas medidas no apuntan tanto a la clase media, sino a los quintiles más altos que pagan altas tasas de impuesto y envían a sus hijos a colegios privados. El argumento no es completamente falso, pero olvida que la “clase media” tiene mucho más que ver con la sociología que con la estadística, porque es una disposición antes que un promedio.

Por lo mismo, la sola indicación de salario es bien insuficiente para dar cuenta de una categoría de este tipo, pues también hay que mirar la composición del grupo familiar: $ 800.000 de sueldo para un soltero joven no son lo mismo que $ 800.000 para una mujer que educa sola a tres hijos. Por eso yerran quienes critican la medida, porque incentivaría la segregación, al permitir el reembolso de gastos en educación. En rigor, la propuesta sólo busca hacer una distinción de justicia elemental: considerar la realidad del contribuyente antes de cobrarle impuestos.

Ahora bien, queda pendiente la pregunta de saber qué diablos es la clase media. El problema es que ésta se define justamente en su relación con otras categorías. Aristóteles hablaba de los “intermedios”, aquellos ni muy ricos ni muy pobres, y les atribuía el rol de proveer estabilidad a la polis. Una ciudad sin clase media, decía, está condenada a la tiranía por la dominación de uno de sus extremos, porque sólo los “intermedios” pueden aportar la necesaria cuota de moderación. La Concertación podrá hacer todas las gárgaras del mundo criticando una supuesta reforma de macetero, pero no olvidaremos que los grandes empresarios nunca estuvieron mejor que bajo su reinado. Los veinte años de Concertación tienen mucho de oligárquicos, y ese esperpento llamado Costanera Center nos lo recordará día a día.

Por eso el gobierno no se equivoca dirigiendo parte importante de sus esfuerzos hacia la clase media, y es más, podría ganar mucho en claridad si lograra articular un discurso coherente en ese sentido. Esto no implica olvidar que hay otros sectores mucho más vulnerables, sino comprender que por su posición, la clase “intermedia” es un formidable agente de transformación social, capaz de arrastrar en su dinámica a las otras categorías. Poner atención en la clase media no es un discurso populista ni difuso: es simplemente tomar nota de las energías implícitas en el cuerpo social, que pueden dar muchos frutos si son bien orientadas.

Publicado en La Tercera el miércoles 2 de mayo de 2012

Lo que eligen los franceses


Hace pocas semanas, el semanario británico The Economist publicó un número que generó un nuevo capítulo en la larga historia del incordio entre sajones y franceses. En su portada, parodiando el “Almuerzo campestre” de Manet, presentó a Nicolás Sarkozy y François Hollande en postura serena, sin mayor preocupación que la de atraer la mirada de una mujer. El texto era aun más directo: “Francia en la negación. La elección más frívola de Occidente”. La portada ilustraba perfectamente la perplejidad con la que buena parte del mundo mira la política francesa: mientras el buque se hunde, los principales candidatos están dedicados a distraer al electorado. Aunque el ataque tiene algo de injusto -en ninguna parte  las campañas electorales son un ejemplo de sinceridad-, es innegable que la campaña ha sido singular, pues ha esquivado sistemáticamente las preguntas decisivas que, más temprano que tarde, Francia deberá responder.

Mientras los griegos hacen esfuerzos colosales por salir del abismo, mientras los españoles acumulan los planes de rigor y los italianos tratan de ordenar sus cuentas con un tecnócrata a la cabeza, los franceses parecen vivir en una alegre inconsciencia de su verdadera situación, y ningún candidato parece siquiera dimensionar el problema. Es cierto que Francia sigue siendo la quinta economía del mundo, y que en pocos años más será el país más poblado de Europa, pero las luces rojas llevan mucho tiempo encendidas: una deuda que se acerca peligrosamente al 90% del PIB, un gasto público que representa algo así como 53% del producto y una degradación acelerada de la competitividad (la crisis de  la industria automotriz es el ejemplo más paradigmático) que se traduce en un enorme déficit de la balanza comercial y en un peligroso desequilibrio con Alemania. Como si todo esto fuera poco, Francia ni siquiera dispone de los medios para tomar decisiones con libertad, porque ya no está en condiciones de dictar sus propios términos a la Unión Europea: la devaluación no es alternativa para ganar en competitividad y el Banco Central Europeo no se ve muy interesado en respaldar las deudas de los estados.

Este escenario no tiene nada de auspicioso, y Francia corre el serio riesgo de encontrarse, en el corto plazo, en un círculo infernal análogo al de España: cuando el mercado pierde confianza en la economía, las tasas de interés suben y eso obliga a recortar los gastos, lo que contrae aún más la economía, y así. En ese contexto, uno esperaría de los candidatos una reflexión que permita comprender los peligros y calibrar libremente las alternativas. Porque no es  exagerado decir que en los meses y años que vienen Francia se juega buena parte de su destino, en Europa y en el mundo. Sin embargo, los candidatos hacen como si nada, prefiriendo multiplicar sus promesas a sabiendas que será imposible cumplirlas. No se trata de asumir el liberalismo sajón en su versión Economist, sino de tomarse en serio las dificultades:  la ilusión de financiar el estado de bienestar con pura deuda puede durar mucho tiempo, pero no eternamente.

Una elección  bipolar

El favorito de la elección es el socialista François Hollande, a quien todos los sondeos dan por ganador en la segunda vuelta con ventaja cómoda. Con todo, en las últimas semanas su campaña ha dado signos de agotamiento. Esto no debería poner en peligro su victoria final, pero sí abre una interrogación sobre su eventual gobierno. El eje de su discurso es el rechazo a la figura de Sarkozy, y eso no basta en una carrera larga: Hollande ofrece muchos motivos válidos para no votar por el presidente actual, pero ofrece pocos para votar por él. El hombre es moderado, inteligente y preparado, pero no ha sabido imponer un discurso convincente. Es un poco víctima -y victimario- de la situación de los socialistas franceses, los únicos en Europa que aún no asumen plenamente la socialdemocracia. Esto obliga al candidato a realizar un curioso juego de piernas: mientras responsabiliza al mundo financiero de todos los males, va a la City de Londres a tranquilizar a los inversionistas. Sólo la habilidad de Mitterrand podía manejar con éxito esas ambigüedades, y Hollande -por más que le pese- no es Mitterrand ni cuenta con un carácter que se imponga por sí solo. Quien saca todos los beneficios de la vacuidad del socialista es Jean-Luc Mélenchon, el candidato que se ubica a su izquierda. Mélenchon ha sido la revelación de la campaña, y si hace algunos meses apenas se empinaba sobre los 5 puntos, hoy anda cerca del 15%. Antiguo dirigente socialista, Mélenchon combina una oratoria explosiva con un lirismo desatado (ni siquiera se ha dado el trabajo de calcular el costo de su programa). La presión que ejerce Mélenchon sobre Hollande es quizás la dificultad mayor de este último, pues lo obliga a mantener un discurso muy anclado a la izquierda: impuesto de 75% sobre los ingresos más altos, creación de 60.000 puestos públicos, anulación de la reforma de las jubilaciones que hizo Sarkozy, ésas son las (inviables) promesas que Hollande ha debido hacer para cuidar su flanco izquierdo. La apuesta del socialista es arriesgada porque eleva las expectativas cuando es evidente que, de ganar, su gobierno se verá obligado -por Bruselas, por los alemanes, por el mercado- a aplicar dolorosas medidas de ajuste. Sin embargo, el programa de Hollande no contempla ninguna rebaja del gasto público ni planes serios para reducir la deuda. Por eso, uno de los números a mirar con atención este domingo será la distancia entre Hollande y Mélenchon: si hay menos de diez puntos entre los dos, Hollande tendrá una difícil ecuación que resolver.

Sarkozy, por su parte, no la tiene más fácil, a pesar de su energía. Hace pocos meses, nadie daba un peso por su candidatura, pero el mandatario ha sabido darle una vuelta de tuerca a la elección, poniendo algo de incertidumbre. Por de pronto, logró revertir la tendencia para la primera vuelta, donde los sondeos lo dan en primer lugar. Sarkozy ha puesto todas sus fichas allí, pues sabe que su única posibilidad de triunfo es repetir la proeza de 2007: sacarle varios puntos a su contrincante socialista en la primera vuelta, y generar a partir de allí una tendencia ascendente para el balotaje. Sin embargo, se ve gastado como para triunfar en un ambiente hostil. Tiene a su haber el manejo de la crisis económica y el liderazgo internacional, pero también tiene un largo pasivo. Su estilo frívolo en el ejercicio del poder no termina de convencer a los franceses, más acostumbrados a la figura sobria del monarca republicano. Sarkozy vive en una agitación constante, pero aquello es vano: es más efectista que efectivo. Como si esto fuera poco, tiene a una candidata fuerte a su derecha: Marine Le Pen, quien marca 15 puntos en las encuestas, le impide adoptar un tono más moderado.

El cuadro entonces es el siguiente: dos candidatos favoritos, pero cada uno presionado por su extremo respectivo. El efecto es que la campaña tiende a girar en torno a los problemas de los extremos. Dicho de otro modo, ni Sarkozy ni Hollande han logrado imponer su propia agenda, y han seguido simplemente la retórica de los extremos. En esa lógica, los verdaderos problemas no son ni siquiera mencionados, justamente porque el extremismo se caracteriza por el simplismo intelectual: Mélenchon quiere resolverlo todo expulsando a los ricos, Le Pen expulsando a los extranjeros. En rigor, hay un solo candidato que tiene un discurso (relativamente) sincero, el centrista François Bayrou. Sin embargo, Bayrou se condenó hace años a un  aislamiento político que lo tiene estancado en un 10% (obtuvo 18% en 2007).

Así las cosas, la campaña francesa abre una pregunta central sobre la situación de las democracias contemporáneas. Porque uno puede preguntarse cuán legítimo es un gobierno que accede al poder prometiendo medidas imposibles de aplicar. La dinámica obliga a los candidatos a esconder la realidad eludiendo las preguntas incómodas, pero eso tiene un costo altísimo en la credibilidad del sistema. Quizás habría que buscar por acá las causas profundas de la crisis de la democracia representativa, que necesita una buena dosis de verdad (en quien emite y en quien recibe) para poder funcionar.

Publicado en Qué Pasa el 20 de abril de 2012

La paradoja de Pascal

QUIEN QUIERA hacer el ángel, hace la bestia, decía Pascal buscando prevenirnos contra los excesos del puritanismo. La naturaleza humana, y es una lección que el mismo Pascal había aprendido de Montaigne, se aviene mal con los deseos de purificación total. Aquellos que quieren una humanidad transparente y completamente diáfana buscan un objetivo imposible de alcanzar. No entienden la ambigüedad inherente a nuestra condición, a medio camino entre el ángel y la bestia.

La preocupación de Pascal era sobre todo religiosa (contra los excesos de algunas versiones del cristianismo), pero puede aplicarse a otros ámbitos, pues el rigorismo absurdo no es monopolio de tal o cual credo. De hecho, está lejos de ser un peligro superado: el puritanismo no acecha menos hoy que en el siglo de Pascal.

La idea de hacer públicos los correos electrónicos de un ministro tiene que ver con la misma pretensión. La lógica es la siguiente: puesto que un secretario de Estado no tiene, en principio, nada que esconder, entonces debe mostrarlo todo. Cualquier zona de oscuridad es sinónimo de posible corrupción, y debe ser por tanto eliminada. Los hombres públicos deben ser puros, y si se niegan, la ley debe forzarlos a serlo: que la luz se haga. Sólo así, dicen los más afiebrados, tendremos una administración pública digna de ese nombre.

¿Es razonable todo esto? ¿Es cierto que el escrutinio de las acciones públicas debe ser ilimitado? ¿Es siquiera deseable que algo así ocurra? Parece haber aquí un equívoco mayúsculo. Nadie niega que la transparencia en los asuntos comunes sea una buena noticia, pero empujar el principio al extremo es, cuando menos, absurdo.

El buen funcionamiento del Estado necesita zonas de intimidad, porque toda actividad propiamente humana las requiere, y ocurre que la política es una actividad humana, acaso la más humana de todas. Un ministro debe tener la posibilidad de intercambiar correos electrónicos, llamadas telefónicas y mensajes con algún grado de libertad de espíritu. Los políticos también son personas, y por eso no es razonable aplicarles un test de blancura que, seamos honestos, (casi) nadie aprobaría: ¿quién podría hacerse cargo públicamente de todas sus conversaciones, correos y mensajes transmitidos en un contexto de confianza? Las palabras dichas en privado no tienen vocación a hacerse públicas, porque el despliegue de lo humano exige una distancia entre lo público y lo privado, y eso también vale para las actividades públicas. Es cierto que esa distancia hace posible la hipocresía, pero también hace posible la libertad. El dogma de la transparencia total tiene más rasgos totalitarios que democráticos.

Por lo demás, cabe reflexionar un segundo sobre los efectos de una disposición de ese tipo. Los ministros no utilizarán más los correos institucionales, prefiriendo siempre sus correos privados. No enviarán más mensajes desde equipos de propiedad pública, sino desde sus propios computadores o teléfonos. Las posibilidades del lenguaje serán aún más restringidas.

Así, los asuntos comunes se alejarán aún más del dominio público, privatizándose completamente. Los formalistas kantianos, queriendo engendrar al ángel, terminarán acercándonos un poco más a la bestia. No creo que haya que estar demasiado agradecidos.


Publicado en La Tercera el miércoles 18 de abril de 2012

La nueva moral


LOS BUENOS por acá; los malos, por allá. La discusión sobre la ley antidiscriminación refleja bien el maniqueísmo que se ha ido apoderando de nuestras discusiones. La táctica es tan vieja como Rousseau y consiste en evitar el debate racional apelando a la condena moral. Aplicado a este caso, el razonamiento es más o menos el siguiente: si usted es contrario a la ley antidiscriminación, entonces usted es una miseria moral. El contradictor es reducido así al silencio, y eso sin ninguna necesidad de argumentar: negocio redondo por donde se le mire.

El bando "progresista" se atribuye así el monopolio de la bondad moral y no duda jamás de estar en el lado correcto: el mal, son los otros (baste leer la columna publicada el lunes por el profesor Mauricio Tapia en estas mismas páginas). En efecto, ¿por qué molestarse en atender argumentos que no son más que la fachada de prejuicios más o menos pueriles? La insinuación, a veces, puede ser más directa: ¿cómo tomar en serio a quienes se hacen cómplices por sus ideas del asesinato de Daniel Zamudio? Desde luego, tipos así no merecen un minuto de nuestro tiempo y sólo demuestran la imperiosa necesidad de continuar la cruzada por extirpar el mal del mundo.

Así, poco a poco, se va erigiendo una nueva moral, cuyos defectos no tienen nada que envidiarle a la antigua, con su séquito de militantes y de profetas, con sus verdades sagradas y su beatería. En rigor, la única novedad de la nueva moral es su paradoja intrínseca: aunque insiste en la neutralidad liberal y en la prioridad de lo justo sobre lo bueno, asume de hecho un discurso moral tanto o más sustantivo que sus predecesoras.

De cualquier modo, esta manera de "discutir" les hace un flaco favor a las causas que defiende, que pueden ser perfectamente justas. En democracia nadie puede pretender poseer toda la verdad, y por lo mismo, no estamos obligados a pensar igual. Hace falta un esfuerzo común para aceptar que nuestros desacuerdos son legítimos, por más profundos que sean, y esto vale para todos los sectores. Si no queremos que nuestro horizonte se estreche, si no queremos caer en el más plano de los conformismos, entonces debemos crear el clima necesario para que todos los puntos de vista se expliciten con la mayor libertad posible: incluso del error ajeno, decía Camus, tenemos mucho que aprender.

Por eso es normal, y hasta deseable, que haya interrogaciones sobre la ley antidiscriminación. Uno puede preguntarse, por ejemplo, si el derecho penal es la mejor herramienta para resolver este tipo de problemas, o si es adecuado crear categorías que rompen el principio de igualdad ante la ley y que, de paso, pueden terminar atentando contra la libertad de expresión. Estoy lejos de tener respuestas para estas preguntas, pero me parece indispensable formularlas con el mayor cuidado si queremos hacer algo más que legislar al ritmo de las redes sociales. Dicho de otro modo: no existe ninguna relación causal entre el grado de indignación moral por el caso Zamudio y la capacidad de comprender cabalmente lo ocurrido, y poder dar así con los remedios indicados. Pero vaya que debe ser difícil de entender todo esto en el mundo de las certezas, allí donde no caben las dudas y reina la bondad moral.


Publicado en La Tercera el 4 de abril de 2012