lunes, 16 de agosto de 2010

Las prédicas de Carlos

Sus prédicas dominicales son imperdibles hace ya varios años. Uno puede estar más o menos de acuerdo con él, pero es referencia obligada: todos comentan y discuten en la sobremesa lo que Carlos dijo o dejó de decir, y a quién eligió como víctima en su última intervención. No hay otro columnista que se le acerque en influencia y, por más que se esfuercen, sus variopintos imitadores no son ni su sombra, por una razón muy simple: aunque todos aprendemos mucho de él, Carlos es inimitable. Por su lado, los más conservadores evitan leerlo antes de ir a misa. Nada podría irritarlos más. Y de hecho, sabemos por propia confesión que no hay nada que le provoque más placer: se han visto modos menos exóticos de lograr el mismo objetivo. No diremos nada más sobre este punto, pues el mismo Carlos nos ha enseñado a respetar las distintas maneras de vivir.

Una de sus últimas polémicas fue con Sergio Diez, y utilizó una de sus estrategias predilectas: caricaturizar el argumento contrario del modo más burdo posible, para luego destrozarlo en buena y debida forma. Es cierto que así se puede ser muy persuasivo, pero no es seguro que sea la forma más razonable de discutir.

Una de sus muchas virtudes es que ha leído mucho, y se nota. También se agradece porque sus intervenciones son un aporte valioso para nuestra deliberación pública, cuyo nivel no siempre es el mejor. No obstante, a veces es inevitable hacerse la pregunta de si acaso sus citas eruditas buscan más intimidar al lector neófito que ilustrar sus razonamientos. Supongo que es una mezcla de ambas cosas.

Hay que reconocer también que posee una pluma privilegiada: Carlos escribe muy bien y maneja a la perfección los recursos del oficio. Sabe cómo apretar allí dónde duele y cuándo utilizar la ironía para lograr el efecto deseado en el lector. Sin embargo, suele ser difícil saber si le interesa más molestar al conservador que buscar la verdad. Por otro lado, suele dar la impresión de llevar años escribiendo la misma columna, contentándose con cambiar algunos nombres y referencias de orden práctico. Abusa —a todos nos ocurre— de los guiones intercalados y —sobre todo— de cierto estilo declamatorio que tiende a eludir las cuestiones de fondo. Con demasiada frecuencia, Carlos cede a la tentación de una frase bien lograda, con la dosis exacta de veneno, en desmedro de un argumento bien construido.

Con todo, sus homilías están siempre bien pensadas y elaboradas. Sin embargo, quizás su principal defecto sea el siguiente: Carlos va modificando sus esquemas conceptuales según las necesidades del momento, y eso no pasa desapercibido (no digas que no te lo advertimos). Así, cuando le toca justificar prácticas políticas de dudosa moralidad (por ejemplo, el cuoteo), no tiene escrúpulos para argumentar con Maquiavelo: la política no está hecha para los puros ni para los santos. Pero cuando quiere criticar a sus adversarios, no trepida en exigir estándares altísimos de pureza, los mismos que antes había ridiculizado. Decídete, Carlos, o el imperativo categórico kantiano o el duro cinismo del Florentino, pero es difícil compatibilizar ambas tradiciones, aún para una mente privilegiada como la tuya. En una época invocó mucho a Bourdieu, pero más tarde, movido quizás por un tímido pudor, dejó de hacerlo. Acaso comprendió que invocar al sociólogo francés desde la tribuna dominical de El Mercurio resulta un tanto irónico, por decirlo de algún modo. Asimismo, puede un día admitir que existen obligaciones morales y actos intrínsecamente malos, para luego sostener todo lo contrario. A veces separa tajantemente la moral de la política, para unirlas luego si lo necesita (caso del voto obligatorio). De este modo, Carlos va modificando sus argumentaciones según qué sea lo que quiere probar, lo que habla muy bien de su plasticidad argumentativa, pero menos bien de su coherencia.

Ha sido capaz de sostener tesis francamente peregrinas, motivado quizás por un curioso afán de originalidad. En una época defendió al demócrata Hugo Chávez, aunque luego ha mantenido púdico silencio. Otro ejemplo: en el fragor del caso Spiniak, arguyó que la práctica periodística tiene poco que ver con la verdad, lo que muestra bien cuán lejos puede llegar en su afán de innovar.

Pero lejos lo más paradójico de Carlos es su tono. Quizás no se de cuenta, pues muy probablemente padezca eso que Orwell llamaba el síndrome del doble pensamiento. Carlos, el mismo que aborrece los discursos religiosos y no deja pasar ocasión para criticar a la Iglesia, el mismo que reivindica la libertad de pensamiento frente a los dogmas de cualquier especie, adopta siempre un tono eclesiástico para hablarnos. Su argumentación suele denunciar la herejía antes que entenderla, e imputar antes que discutir. Su tono es siempre acusatorio. Le falta poco para decir de toda tesis que no sea liberal: sit anathema. La falacia es astuta pero no por eso menos real: Carlos no sólo argumenta asumiendo que todos somos liberales, sino también que todos entendemos por liberalismo lo mismo que él entiende. En el fondo, da por supuesto justamente aquello que es controvertido. No obstante, y más allá de su retórica ampulosa, no puedo ceder a la tentación de decirle: es demasiado fácil ganar en la cancha que uno mismo ha rayado. Por eso, para parafrasear lo que el mismo Carlos decía de Ricardo, puede decirse que es clérigo más que columnista. Clérigo liberal, pero clérigo a fin de cuentas. Clérigo de una nueva fe que no osa decir su nombre.

Publicado en El Mostrador el viernes 13 de agosto de 2010

Progresismo con anteojeras

"Dejemos atrás las cavernas de la ignorancia, el integrismo y la falta de caridad": así concluía la columna, publicada en estas mismas páginas, de Fulvio Rossi. En ella, el senador defendía su propuesta de matrimonio homosexual. Supongo, entonces, que hay que darse por enterado: quienes no estamos de acuerdo con Rossi somos cavernarios, ignorantes, integristas y poco caritativos.

La frase no tendría casi ninguna importancia si no fuera porque refleja bien el tono que han ido adquiriendo algunas de nuestras discusiones, eso que Camus llamaba el reemplazo del diálogo por la polémica. Mientras en el primero priman los argumentos elaborados y la buena fe, en la segunda abundan las imprecaciones y la denuncia. Si el diálogo supone cierta disposición a escuchar y a suponer que el otro puede tener razón, en la polémica el tono es siempre de acusación y de condena.

El mecanismo es tan simple como eficiente, y consiste en identificar la propia posición con el Bien o con la Historia. No se busca el intercambio de ideas, sino simplemente intimidar y condenar de entrada. Así, quien piensa distinto debe casi pedir disculpas por no someterse a la doxa común. Naturalmente, esta actitud tuerta impide cualquier discusión medianamente sensata, pues se pierden de vista los matices y se ocultan las dificultades inherentes a todo problema. Así, temas de suyo discutibles se convierten en evidentes, porque son "modernos" o "progresistas". Desde luego, esta curiosa manera de discutir conlleva una ventaja innegable: no hay que darse el trabajo de argumentar, pues no se trata de convencer sino de vencer, ojalá por secretaría. Basta atribuirle al adversario uno de los tantos pecados de la nueva moral: reaccionario, homofóbico, retrógrado, talibán, discriminador, puede usted elegir el que más le guste.

Por cierto, todo esto no implica que no haya buenas razones para defender la posición del senador Rossi, pues seguramente las hay. Pero es mejor reconocer que el problema es complicado y no admite, por tanto, respuestas simples ni prefabricadas. El único argumento ofrecido por el senador es el de los derechos, pero es obvio que no toda aspiración de derechos debe ser, ipso facto, reconocida por la sociedad.

Esto es particularmente cierto en el caso del matrimonio, que no es, ni de lejos, una institución cuyo fin sea la protección de supuestos derechos de los contrayentes. En ese sentido, si el senador Rossi tiene la legítima aspiración de modificar la ley, sería altamente deseable que primero hiciera un esfuerzo por comprender qué es el matrimonio y por qué, hasta ahora, ha estado reservado a personas de distinto sexo: si acaso es cierto que la tradición no es autoexplicativa, el cambio tampoco lo es. Nada se parece más a un conservador obcecado que un progresista con anteojeras.

Por último, uno esperaría de un socialista, sobre todo si dice valorar a Marx, una concepción un poco menos complaciente con la sociedad articulada en torno a puros derechos individuales. Quizás así podría darse cuenta de que su argumentación sirve también para justificar el liberalismo económico que tanto critica su partido, a veces con razón. Pero me temo que sería mucho pedir.

Publicado en el diario La Tercera el miércoles 11 de agosto de 2010.

miércoles, 21 de julio de 2010

La ley de Gabriel

“El gobierno funciona en un Estado de Derecho y la frontera entre lo bueno y lo malo en un Estado de Derecho es si se cumple o no la ley (…) la ética, en lo social, se expresa en la ley, que regula la forma de vivir en sociedad”. Estas palabras bien podrían haber sido pronunciadas por Gabriel Ruiz Tagle. En efecto, el subsecretario de deportes se resiste a desprenderse de sus acciones de Colo Colo, y su principal argumento es tan simplista como irritante: la ley me lo permite. Ni siquiera un documento de la Contraloría, que lo inhabilita para tomar decisiones relativas al fútbol profesional, lo ha hecho modificar su postura: ni vendo ni renuncio.

En todo caso, lo más lamentable es que las palabras citadas más arriba no son de Ruiz Tagle sino de Francisco Vidal. El ex-ministro las pronunció por allá por julio del 2005, al calor de un escándalo provocado por denuncias de nepotismo y corrupción durante el gobierno de Ricardo Lagos. La tesis de Vidal, que podríamos definir como positivismo rabioso, es exactamente idéntica a la de Ruiz Tagle: a los políticos les podemos pedir que cumplan la ley, pero no se nos ocurra pedirles que tengan un comportamiento correcto. Después de todo, ¿quién define qué es correcto y qué no? Así se refugian en la ley, tratando de convencernos de que toda acción permitida por la ley es, de por sí, correcta.

El detalle que parecen olvidar Ruiz-Tagle y Vidal es que ciertas conductas no están tipificadas por una razón muy sencilla: las buenas maneras no se imponen por ley. Es posible que a partir de este caso decida legislarse, y lo más probable es que los políticos nos presenten, en una ceremonia pomposa y republicana, la nueva normativa como un gran avance de nuestra democracia. Sin embargo, será todo lo contrario: cuando hay que regular comportamientos que antes eran considerados como evidentes hay mucho más retroceso que avance, pues significa que necesitamos de una ley para cumplir con lo mínimo. Por eso Montesquieu podía decir que las leyes abundan allí donde escasean las buenas costumbres. Dicho de otro modo: que al subsecretario de deportes le parezca normal ser al mismo tiempo accionista mayoritario del principal club de fútbol del país es un pésimo síntoma de nuestra situación.

Desde luego, la oposición puede vociferar cuanto quiera, pero lo cierto es que carece de toda autoridad moral. Ya vimos cómo Vidal sostenía la misma tesis cuando a la administración laguista le faltaba poco para contratar a la mascota en alguna asesoría imprescindible para la estabilidad de la república. Y la derecha, en aquella época, ponía el grito en el cielo arguyendo que lo justo no es lo mismo que lo legal. ¿Qué podemos esperar de esta clase política, que a ratos parece desconocer el principio de no contradicción, para no hablar de coherencia intelectual? Al final del día, izquierda y derecha están más de acuerdo de lo que parecen: no se trata tanto de pensar como de encontrar el argumento útil en el momento adecuado. Logran salir del paso —aunque ni eso es tan seguro—, pero el precio es alto: la discusión pública se degrada y la credibilidad del sistema político va sufriendo una merma lenta pero inexorable.

De cualquier modo, Ruiz-Tagle tiene un poderoso aliado en el Presidente. En efecto, mientras el subsecretario no venda, funciona como fusible, pues Piñera tampoco rebosa de ganas de vender su participación en Colo Colo. La inaudita obstinación muestra, una vez más, que al gobierno lo tienen sin cuidado los conflictos de interés: no ha sido capaz, en meses, de tomárselos en serio. De hecho, Colo Colo es sólo uno de ellos, y quizás el menos importante. Algunos guardábamos la esperanza de que el incidente Bielsa pudiera convencer al mandatario de lo inadecuado de la situación a la que se expone, pero todo indica que no fue suficiente. A estas alturas, lo único claro es que cuando el gobierno cambie de actitud no será por convicción sino por mera conveniencia. Porque no hay que ser un genio para prever que, más temprano que tarde, los costos políticos se harán insostenibles.

Acaso nadie haya expresado mejor la doctrina oficialista que Pablo Castillo, presidente de la Fundación de Ingenieros Comerciales UC, quien dijo hace algún tiempo, en un homenaje a Piñera, que la crítica de los conflictos de intereses esconde el “terrible germen de la mediocridad y la flojera”. Aunque quizás soy un poco flojo, y seguramente algo mediocre, quiero creer que la política exige ciertos deberes y cierto ethos, y que éstos no son incompatibles con las virtudes propias del trabajo. Es más bien todo lo contrario.

Publicado en El Mostrador el miércoles 21 de julio de 2010

lunes, 12 de julio de 2010

Pare. Mire. Escuche.

"De un momento a otro, un hombre endereza la cabeza, toma aire, escucha, considera, reconoce su posición: piensa, suspira, y, sacando su reloj del bolsillo alojado contra el costado, mira la hora. ¿Dónde estoy?, y ¿qué hora es?". Ésas, dice Paul Claudel en su "Arte poética", son las preguntas inagotables cuando no buscamos tanto prever el futuro como comprender el presente.

De algún modo, las palabras de Claudel reflejan el desafío que emprendimos junto a otros dos profesores del Instituto de Filosofía de la Universidad de los Andes -Joaquín García-Huidobro y Hugo Herrera- al escribir el libro "8.8. Escombros en el Bicentenario". Nació de una convicción compartida: el terremoto del 27 de febrero es una oportunidad imperdible para detenernos y hacer algo a lo que no estamos muy acostumbrados: formular preguntas. Como dijo el poeta estadounidense Todd Temkin, no es tanto un libro sobre el terremoto como un libro sobre Chile pues, en efecto, quisimos aprovechar la ocasión para mirar de un modo distinto nuestro país, sin dogmas ni conformismos de ninguna especie.

Algunos se extrañaron por el hecho de que un libro semejante fuera escrito por profesores de filosofía. Pero, ¿por qué no habríamos de hacerlo? Creemos que los profesores debemos intervenir en el debate público, pues tenemos cosas que decir y hay problemas que nos interesa mostrar. Para lograr nuestro objetivo, elegimos comentar once imágenes que marcaron aquella jornada del 27 de febrero, once imágenes que ilustran cómo el terremoto desnudó nuestras miserias y nuestras grandezas. Quisimos preguntarnos por las causas profundas e invisibles que fueron permitiendo que ocurriera todo lo que sucedió, en lo bueno y en lo malo.

Como es lógico, la escritura a tres manos tiene complicaciones y ventajas: varias veces no estuvimos de acuerdo y, por eso, muchas páginas son fruto de apasionadas discusiones. A través de ellas pudimos ver mejor qué queríamos decir y cómo queríamos decirlo.

Al final, fue surgiendo un texto que tiene algo de barroco y en el que se van delineando las preguntas en torno a las cuales gira el libro: ¿por qué abdicó la autoridad estatal esa madrugada?, ¿estamos construyendo ciudades y viviendas que permitan el despliegue de lo humano?, ¿qué hacer con el adobe?, ¿qué le ocurre a nuestro sistema económico que presenta falencias tan dramáticas? Por cierto, no pretendemos dar respuesta a todas estas preguntas, ni de lejos. No obstante, creemos que en el mero hecho de enunciarlas hay algún mérito, pues el terremoto nos dejó demasiadas tragedias como para que no seamos capaces de preguntarnos con calma dónde estamos y adónde queremos ir.

La reconstrucción no es sólo la indispensable tarea de remover escombros: es también saber qué y cómo queremos reconstruir. Si acaso el libro contribuye modestamente a esta ineludible reflexión común, entonces habrá valido la pena escribirlo.

Publicado en Revista Qué Pasa el viernes 9 de julio de 2010

La señora Fifa

El estrepitoso fracaso de Francia en el Mundial de Fútbol tardó poco en convertirse en tema de Estado. La Asamblea Nacional citó al entrenador y al presidente de la federación, mientras que el gobierno lanzó la idea de convocar a unos "estados generales del fútbol". Hasta aquí, nada raro en un país acostumbrado hace siglos a resolver sus problemas a través del poder público, tanto para lo mejor como para lo peor. Sin embargo, estas iniciativas no cayeron muy bien en la FIFA. En efecto, Joseph Blatter advirtió rápidamente que, de acuerdo con los estatutos, este organismo no permitiría ninguna injerencia política en el fútbol, so riesgo de desafiliar a la federación francesa. La amenaza fue proferida de un modo particularmente severo, sin dejar lugar a ningún matiz.

Es obvio que la acción estatal no es el mejor remedio para los problemas que aquejan al fútbol francés. Además, Francia tiene en estos días prioridades un poco más urgentes que averiguar qué le dijo tal jugador al entrenador o quién lideró la huelga del plantel. Empero, me interesa detenerme en otra cuestión, que es esta suerte de chantaje constante que ejerce la FIFA para defender su propia parcela de poder. Supongo que uno tiene, al menos, el derecho a preguntarse en virtud de qué principio una actividad de la relevancia pública y económica del fútbol tendría que sustraerse completamente de la acción pública. Es, cuando menos, un atentado a la independencia.

Si hacemos un poco de memoria, recordaremos que hace no tanto tiempo las amenazas de la FIFA también cayeron sobre nuestro país. En noviembre de 2009, un club recurrió a los tribunales por considerar que sus derechos no habían sido respetados, como se hace en cualquier país civilizado, y las bravatas intimidatorias provenientes de la FIFA llegaron con la velocidad del rayo: los asuntos del fútbol los resuelve el fútbol, se dijo, como si los asuntos del fútbol no fueran al mismo tiempo asuntos públicos. Imaginemos qué ocurriría si el jefe de alguna iglesia, o de cualquier otra organización realizara algo semejante: impedir que sus miembros recurran a los tribunales ordinarios, so pena de expulsión. O impedir que eso que Blatter llama despectivamente "la política", que no es otra cosa que el legítimo ejercicio de la soberanía, regule aquellas áreas de la vida social que le parece necesario regular. A no dudarlo, el escándalo sería mayúsculo. Sin embargo, si es Blatter quien lo dice, a nadie parece importarle mucho. De hecho, la ministra francesa de Deportes salió rápidamente a retractarse de sus dichos: al Estado francés le faltó poco para pedir disculpas.

La cuestión también es interesante porque es síntoma de otros fenómenos. En nuestra época, esa que algunos llaman el fin de la historia, el fútbol es uno de los últimos vehículos de expresión de las identidades y los sentimientos nacionales. Sin embargo, exige un precio elevado para jugar ese papel: renunciar a la soberanía, aceptando la exclusión del fútbol de la acción pública. La paradoja es tan decidora como profunda, y cabe preguntarse si vale la pena pagar tan alto precio.

Publicado en Revista Qué Pasa el viernes 2 de julio de 2010

lunes, 21 de junio de 2010

AVC: preguntas preliminares

Con su particular sentido de los tiempos políticos, el senador Andrés Allamand volvió a la carga con el proyecto de acuerdo de vida en común (AVC). Son tantas las pasiones que por lado y lado despierta dicha propuesta que no es fácil llevar la discusión a un plano estrictamente racional. Además, en nuestro país se ha ido consolidando de tal modo el peso de la opinión dominante que las ideas que no se ajustan a los dogmas en boga tienden a ser reducidas al silencio: sin darnos cuenta, nos vamos acercando a eso que Tocqueville llamaba el despotismo suave de la democracia. Así, hay cada vez menos espacio para los matices, y suelen abundar los (des) calificativos allí donde deberían haber argumentos. En ese sentido, ojalá en esta cuestión crucial seamos capaces de dejar las vociferaciones de lado, y entendamos que se puede ser contrario al AVC sin ser un rabioso homofóbico y que se puede ser favorable sin ser un perverso destructor de la familia. Es la condición indispensable para un verdadero diálogo.

En principio, el proyecto busca crear una nueva figura jurídica que permita acoger a unos dos millones de personas que conviven al margen del matrimonio. Todo esto suena muy sensato, pero también presenta interrogantes. Por un lado, ¿se tiene alguna idea de los motivos por los cuales los chilenos son reacios al matrimonio?, ¿hay algún estudio o estadística que respalde la iniciativa del senador Allamand? No es descabellado suponer que en la baja tasa de nupcialidad juegan factores tributarios y de acceso a la vivienda y, en esa hipótesis, el AVC es un perfecto contrasentido. En muchos otros casos, puede pesar simplemente el deseo de llevar una relación al margen de la ley, y allí el AVC tampoco tiene mucho que hacer. De cualquier modo, es claro que deberíamos partir por estudiar seriamente el problema: antes de querer “hacerse cargo de la realidad” debe realizarse un mínimo esfuerzo por conocer esa realidad. De lo contrario, es muy fácil caer en retórica frívola y casi imposible dar con una solución más o menos adecuada.

Por otro lado, más allá de las buenas intenciones, el AVC no es mucho más que una institucionalización de la precariedad familiar. Y uno tiene el derecho a preguntarse si acaso eso es lo que Chile necesita en ese momento. La familia cumple un rol esencial e irreemplazable al interior de toda sociedad, pero para lograr sus objetivos requiere ciertos grados de estabilidad. Si la familia falla, todo el cuerpo social se resiente: es simplemente iluso pensar un segundo que podemos resolver problemas como la educación o la delincuencia, entre tantos otros, si no nos tomamos en serio este desafío.

Por cierto, alguien podría objetarme que todo lo dicho sea posiblemente cierto pero que, en rigor, el AVC no tiene nada que ver con las parejas heterosexuales pues su verdadero objetivo es otorgar a las parejas del mismo sexo un reconocimiento legal. Si la objeción es acertada, entonces la discusión es otra y versa sobre lo siguiente ¿es el derecho de familia el terreno adecuado para otorgar reconocimientos y satisfacer reivindicaciones de derechos? Marx, al analizar este tipo de problemas, anotaba lo siguiente: los liberales siempre se equivocan al mirar la familia desde la óptica del derecho individual, desde la lógica del mercado, pues la familia no es cuestión de derechos y es imposible entenderla desde esa perspectiva. De hecho, se trata justamente de la institución que intenta superar el individualismo, y lo hace en vistas de la procreación y la educación de los ciudadanos del futuro, no en vistas de la protección de derechos de personas, sean éstas heterosexuales u homosexuales.

Estas reflexiones podrán parecer un poco preliminares, y en alguna medida lo son. No obstante, es imprescindible formular este tipo de preguntas si acaso queremos pensar antes de actuar y deliberar antes que imponer, pues este es de aquellos problemas que no admiten ni simplismos ni respuestas unívocas.

Publicado en La Tercera el jueves 17 de junio de 2010

Nueva conversación con Pancho

-Pero Pancho, ¿no crees que esta vez sí fuiste muy lejos?

-No viejo, yo contigo ya no hablo. La última vez tuviste la genial idea de publicar nuestra conversación en un diario electrónico. Yo pensaba que podía confiar en ti, pero me equivoqué.

-No exageres, no es tan grave. Recuerda que a ti también te gusta revelar conversaciones. Por lo demás, sólo unos pocos despistados creyeron que era verdad. Casi todos pensaron que era un invento, como si yo tuviera cabeza para imaginar tanta barbaridad junta.

-Claro, muy bonito, pero, ¿cómo sé yo que esta vez no la publicas?

-Pancho, prometo que no la publicaré. Y si por ventura se me escapara de las manos, diré que este diálogo es producto de la imaginación, y que cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

-No sé si creerte, pero bueno. Voy a volver a conversar contigo, por última vez. Me interesa aclarar algunas cosas.

-Gracias, Pancho. Me gustaría saber por qué te volviste a tirar en picada contra Velasco.

-Es casi una coincidencia. Yo no tengo nada personal, él me da lo mismo. Simplemente tiene la mala fortuna de encarnar lo peor de lo nuestro, de nuestras peores cobardías y de nuestros peores errores. Velasco es el símbolo de todo lo que hicimos mal y de todo lo que jamás, ¡pero jamás!, debemos volver a hacer.

-Lo que no entiendo es por qué personalizarlo así, con tanta radicalidad. ¿No es muy agresivo?

-Mira, si en el fondo da igual. Podría ser Velasco, podría ser otro, podrías ser tú. No importa nada, pues es una cuestión de método. Lo que importa es que no haya dudas respecto de quiénes son los culpables: alguien tiene que pagar la cuenta. Y la culpabilidad se encarna a la perfección en la persona de Andrés Velasco. En él se condensa todo lo que nosotros, progresistas, debemos aborrecer.

-Pero entonces es algo personal.

-Sí y no. Es personal porque, bueno, lamentablemente hay que encontrar un chivo expiatorio. Así es el juego. Y Velasco, con su orgullo soberbio, con su altanería insufrible, es ideal. Pero no es personal porque podría haber sido otro. Después de todo, abundan los candidatos. Hay que condenar a alguien no más: así clarificamos las cosas.

-Si me permites, el procedimiento me parece un tanto injusto. En rigor, no sólo injusto, sino también equivocado. Sabes mejor que yo que la Concertación siempre fue algo colectivo, donde todos aportaron su grano de arena tanto en lo bueno como en lo malo. ¿Qué ganas con condenar tan brutalmente a algunos?


Querido amigo, a veces pienso que usted ha leído demasiado. No se le vaya a secar el cerebro. El hecho es que la política tiene poco que ver con los libros. Yo también querría que el mundo fuera justo, que el mundo fuera lindo, pero la verdad es que no lo es. No la política en todo caso. Para explicarlo en corto: siempre ha sido necesario encontrar culpables, pues así podemos sentirnos inocentes.

-Debe ser bien cómodo vivir así, supongo que se duerme bien.

-Tú y tus ironías. Siempre he dormido bien. Y sabes mejor que nadie que no me interesa la comodidad, me interesa lo que sea útil políticamente hablando. Si hay culpables, nos evitamos dar explicaciones ingratas, nos evitamos hacernos cargo de los errores, nos evitamos tanta cosa viejo. Y, sobre todo, podemos pensar tranquilos en el futuro.

-Creo ver en tu actitud una de las grandes debilidades de la izquierda: la culpa siempre es de los otros. ¿Pero no crees que la Concertación necesita una introspección un poco más profunda en lugar de tanta vociferación, de tanta retórica? Digo, si acaso quieren volver a encarnar un proyecto viable.

-Suena muy bonito, pero no te pierdas. Puedes hacer diez cónclaves, invitar a todos los próceres, pero no sacarás nada al final del día. El proceso que deberíamos hacer no se va a hacer jamás, porque son demasiadas las cosas que saldrían al sol. Por más que nos pese —y esto guárdalo para ti— aquí no hay inocentes. Admitirlo públicamente sería muy doloroso además de inviable políticamente. ¿A quién le interesa encabezar un proceso así? Yo al menos no sé de nadie que esté disponible a un suicidio de ese tipo. Por otro lado, una introspección en serio dividiría a la Concertación inevitablemente: mirarnos a nosotros mismos implicaría tomar conciencia de que son muy pocas las cosas que nos unen. Y, lamentablemente, no todos los días sale un Miguel Otero o un José Piñera a recordarnos que Pinochet todavía vive.

-Bueno, por eso andan tan perdidos. No saben qué hacer con Piñera, que puede darse el lujo de no vender Chilevisión sin que a nadie le importe mucho. Otra pregunta: ¿qué diablos entiendes entonces por pensar en el futuro?

-Es muy simple. Una vez que identificaste a los culpables, los condenaste y los excomulgaste, podemos mirar hacia adelante con más tranquilidad. Podemos construir un proyecto verdaderamente progresista, pero de verdad, sin tecnócratas.

- Tu lógica binaria me supera.

-Je. La cuestión es que funcione. Las otras preguntas, para los filósofos.

-Me quedan todavía algunas dudas. ¿Por qué meter a la Presidenta Bachelet en todo esto?

-Bueno, ahí quizás la anduve embarrando. Ocurre que es un poco inevitable, si Velasco al final no se mandaba solo.

-No recuerdo haberte escuchado admitir un error. Felicitaciones.

- No, no fue un error. Nunca usé esa palabra.

-Prefiero evitar las discusiones semánticas contigo. Me interesa saber qué piensas hacer ahora.

-Nada. Dejar que las acusaciones hagan su trabajo, un trabajo tan silencioso como eficaz. Luego, podremos inclinarnos a la izquierda, pues Piñera no deja ningún espacio en el centro. Y hacer lo que la izquierda siempre hace cuando es oposición, en todo el mundo.

-¿Pero es verdad que nunca llegaste ni con un papelito amarillo?

-A veces dan ganas de llorar. ¡Desde cuándo la política se hace con papelitos amarillos! ¡Es gente que delira, que todo lo quiere convertir en un paper!

-Pancho, una última pregunta. Voy a tratar de entrar en tu lógica, aunque no termino de entenderla. ¿Tú de verdad crees que el camino que propones puede llevar a la Concertación de vuelta a La Moneda?

-Te confieso que no lo sé.

-¿?

-Lo único que sé es que hay que encontrar culpables. Es una condición indispensable para el futuro.

-¿No te parece que la realidad es menos simple de lo que dices?

-Desde luego. Nadie ha dicho que las cosas sean simples, la cuestión es que lo parezcan.

-¿El reino de las apariencias?

-El reino de la política.

Publicado en El Mostrador el viernes 18 de junio de 2010