viernes, 8 de abril de 2011

La muerte de Montaigne

Quizás podría decirse que el problema de La muerte de Montaigne -la última entrega de Jorge Edwards- se reduce a una cuestión de perspectiva. En El inútil de la familia, el autor había adoptado la posición del sobrino, sobrino un poco burlón pero sobrino al fin, firmando así un libro entrañable como pocos. Luego, en La casa de Dostoievski, el narrador no logra dar con una posición definida, y eso termina corroyendo lo que pudo haber sido una muy buena novela. Ahora, en La muerte de Montaigne, la posición de Edwards no tiene nada de confusa, sino que es asombrosamente clara: el narrador es, o pretende ser, Montaigne, el Montaigne de nuestro país y de nuestro tiempo. Podrá parecer un detalle, pero la portada del libro presenta a Jorge Edwards como el par del humanista francés. Lo menos que puede decirse es que la apuesta es audaz, y Edwards se juega allí el todo o nada, porque si el narrador no logra dar el tono de la comparación -a la que nadie lo obligó-, entonces lo que sigue corre el serio riesgo de naufragar.

Es un poco lo que ocurre con este texto, que se desarrolla como una suerte de larga variación sobre la vida de Montaigne, su pensamiento y su personalidad. Lo más parecido al hilo central del libro es el relato de la singular relación de Montaigne con una joven que se convertiría luego en la editora de sus Ensayos. Edwards explora también al Montaigne político, el mismo que supo conservar una rara lucidez mientras sus compatriotas se linchaban alegremente, y que prefirió mantener una sana distancia con el poder en un siglo agitado. A ratos, Edwards logra asir y cercar muy bien a su personaje -y ésos son, por lejos, los mejores momentos del libro-, pero rápidamente lo vuelve a perder. Y le ocurre por una razón muy simple: se inmiscuye en su narración una y otra vez, lo que obstaculiza el acceso a su relato. Esto se ve claro, por ejemplo, en el curioso sentimiento de superioridad que trasunta Edwards a lo largo del libro -que puede funcionar o no según el contexto-, sin percatarse de que Montaigne jamás habría dejado ver tal cosa del mismo modo. Vemos, entonces, a Jorge Edwards donde se nos prometía ver a Montaigne.

Esto nos lleva a mirar de cerca el estilo elegido por el escritor, estilo que busca imitar el de los Ensayos. La táctica podría ser ingeniosa, pero la verdad es que, en este caso, implica dificultades casi insolubles. En La muerte de Montaigne abundan los devaneos, el tono descosido sin orientación precisa y la divagación inconclusa. Edwards cede con mucha, demasiada, frecuencia a la tentación de transformar su relato en simple crónica, crónica que puede ser interesante a veces, pero que también puede ser perezosa o francamente aburrida. Con todo, el problema central tiene que ver con el modo adecuado de comprender a Montaigne y su modo de escribir: los Ensayos son mucho, infinitamente, más hilados de lo que parecen. Montaigne sabe con precisión milimétrica cómo y dónde quiere conducir a su lector, y es un maestro insuperable en la utilización de diversas técnicas para lograr su objetivo. Lo que en Montaigne es una fina estratégica retórica, un auténtico arte de escribir, se convierte en la pluma de Edwards en pura y simple digresión. A primera vista, los textos de Montaigne pueden parecer escritos a la rápida, a la que te criaste, pero se trata de una ilusión óptica, porque no hay nada menos improvisado que los Ensayos. Éstos son fruto de una larga elaboración, y por eso pueden rozar la perfección con tanta naturalidad. Así, la prosa de Edwards, que suele abusar de las repeticiones y de los rodeos, queda aquí atrapada por sus propias reglas, encerrada en sí misma, sin poder salir, sin poder contar.

Por cierto, no niego que la intención de Edwards sea loable. Por de pronto, no creo que haya ningún autor más indispensable que Montaigne para entender la comprensión propiamente moderna del mundo, y entendernos a nosotros mismos. El revolucionario proyecto de Montaigne, el recitarse a sí mismo, sentó las bases de un largo periplo histórico, y fundó también, en muchos sentidos, la literatura moderna. Sin embargo, para escucharlo, debemos afinar muy bien el oído y saber hacernos discretos, aunque sea por un momento. Edwards escoge el camino contrario, y termina mirándose a sí mismo, pues no parece tan interesado en descubrir a Montaigne como en descubrir al Montaigne que se esconde en él. El detalle es que el yo de Edwards no resiste la menor comparación con el yo de Montaigne.

Milan Kundera suele decir, inspirándose en el viejo Broch, que la única razón de existir de una novela es mostrar lo que sólo una novela puede mostrar. La novela que no contribuye por su propio arte a revelar una porción hasta entonces desconocida de la existencia humana, sigue Kundera, es inmoral. Edwards no duda en calificar su relato como novela, y lo hace en lugares muy estratégicos del libro. La pregunta que cabe formular entonces es si acaso lo que nos cuenta Jorge Edwards no podía decirse de otro modo y bajo otra forma. La respuesta a esta interrogante va a determinar, en último término, el juicio que cada uno se forme de La muerte de Montaigne.

Publicado en El Post el viernes 8 de abril de 2011

Francia en África

Cuando le tocaba enfrentar escenarios internos muy complicados, François Mitterrand se ceñía estrictamente al libreto previsto: dedicarse a las relaciones internacionales. Así, intentaba adquirir estatura, alejarse de la coyuntura y, quizás, buscaba también parecerse a quien fuera su gran adversario, el general De Gaulle. Nicolás Sarkozy atraviesa en estos momentos un momento político extremadamente delicado y, de hecho, ni siquiera tiene asegurado su paso a la segunda vuelta en las elecciones del 2012.

Es criticado con frecuencia por no saber encarnar la dignidad de su cargo, pues tiende a exponerse demasiado: Sarkozy está siempre en primera línea, y es innegable que eso no sólo le genera altos costos políticos, sino que también le impide tomar distancia, mirar de lejos. Un poco por todo esto, al presidente francés no le parece mala idea imitar a Mitterrand y tratar de recuperar protagonismo en la escena internacional: es una táctica que siempre paga. Así lo hizo en 2008, cuando ocupaba la presidencia de la Unión Europea y jugó un rol decisivo en la crisis que enfrentó a Rusia y Georgia, y así intenta hacerlo desde que ocupa la presidencia del G-20 y busca reformar el sistema financiero. Aunque hasta aquí las cosas no le han resultado demasiado bien, hay que reconocer que las últimas semanas le han brindado dos excelentes oportunidades para afirmar su presencia internacional, oportunidades que no demoró un segundo en tomar.

En un primer momento fue Libia, donde tras la inexplicable indiferencia de la Unión Europea por lo que pasaba al otro lado del Mediterráneo (indiferencia que prueba, una vez más, que dicha construcción supranacional puede ser bastante inútil para las cosas importantes), Sarkozy no dudó en asumir un liderazgo decidido, impulsar la intervención occidental y contribuir luego con los medios militares para concretarla.

El segundo caso se produjo hace pocos días, en medio del conflicto que vive Costa de Marfil, donde el presidente saliente Laurent Gbagbo se ha negado a reconocer el triunfo en las urnas de su contendor, Alassane Ouatarra. La situación estuvo paralizada durante meses, hasta que las fuerzas de Ouatarra comenzaron a imponerse. La guerra civil parecía inminente, pero la ONU, por iniciativa francesa, decidió intervenir para proteger a la población civil y forzar la salida de Gbagbo. Sin embargo, fueron los efectivos militares franceses quienes hicieron efectivo el cumplimiento de la resolución de la ONU.
Quizás no sea inútil recordar que Francia posee bases militares en Costa de Marfil, y en enero el mismo Sarkozy había descartado tajantemente cualquier posibilidad de intervención directa en los asuntos marfileños. La cuestión es especialmente sensible porque Francia ha mantenido durante decenios relaciones bastante promiscuas con Costa de Marfil (y con el mismo Gbagbo, y en verdad con todas sus antiguas colonias), y cualquier paso en falso puede revivir un sentimiento antifrancés que siempre está presente.

Pero el problema más amplio es que estas intervenciones, aunque justificadas desde el punto de vista humanitario, son altamente problemáticas. Es difícil determinar con precisión dónde termina la acción humanitaria y dónde empieza el neocolonialismo, si es que acaso no son lo mismo. Un ejemplo para ilustrar: en Costa de Marfil, los dos bandos han cometido crímenes gravísimos contra la población civil.

¿Por qué las fuerzas francesas e internacionales sólo protegen a los civiles en un solo sentido? Además, las intervenciones se realizan en países poco influyentes y contra líderes en retirada, pero una justicia que se aplica sólo a los más débiles se parece harto a la injusticia. Por otro lado, existe el riesgo de no encontrar un modo digno de retirarse, y el ejemplo de Libia (por no decir nada de Afganistán) parece encaminarse hacia allá: la situación está paralizada hace semanas, y la ambigüedad de la resolución de la ONU no permite hacer mucho más. Por último, no hay que olvidar que estas intervenciones suponen un costo elevadísimo, y no es seguro que las finanzas del Estado francés permitan seguirlo pagando por mucho tiempo (un solo ejemplo: en Libia, Francia ha lanzado once misiles Scalp, y cada uno de ellos vale un millón y medio de euros). Aunque es cierto que para Sarkozy nada de esto debe ser muy importante, son preguntas que cabría formular con mayor detención: el mundo actual entra en un período acelerado de cambios, que exige algo más que un puro activismo desprovisto de toda reflexión.

Publicado en Revista Qué Pasa el viernes 8 de abril de 2011

Sin rumbo conocido

SPINOZA decía que los hombres son mucho más dados a la venganza que al perdón. Tiendo a estar en desacuerdo con dicha afirmación, pero debo admitir que los dirigentes oficialistas realizaron, durante semanas, conmovedores y meritorios esfuerzos por darle razón al filósofo holandés. Es cierto que, hacia el final, el instinto de sobrevivencia terminó primando, pero la farra costó cara.

Los partidos de la Coalición se encargaron de recordarnos que los cuchillos son parte indispensable del mobiliario de toda derecha que se precie de tal, y que ser gobierno los tiene sin cuidado cuando se trata de sus estrechos orgullos. Siguen predominando la mentalidad latifundista, según la cual nadie está dispuesto a recibir órdenes, y las viejas odiosidades parecen más vivas que nunca. No se entiende de otro modo el que parlamentarios oficialistas hayan estado dispuestos a apoyar una acusación constitucional que nunca tuvo el menor peso jurídico; ni tampoco que la UDI haya ejercido una presión rayana en el chantaje por mantener a la intendenta Van Rysselberghe en el cargo. Al final, ella tuvo que salir igual, y la Coalición -si acaso aún existe como tal- mostró todas sus debilidades. Y aunque es obvio que la ex alcaldesa tiene un talento bien singular para condensar sobre sí los conflictos, no se trata de un problema de personas: en este episodio, Van Rysselberghe fue mucho más síntoma que causa.

Por su lado, el gobierno no lo hizo mucho mejor. Al ceder en un primer momento al forcejeo de la UDI, cometió un grosero error de cálculo, mostró una sintonía casi nula con sus partidos y perdió durante semanas el control de la agenda. Como era esperable, ahora se nos anuncia por enésima vez la creación de mecanismos para evitar estos conflictos, pero uno puede permitirse cierto escepticismo. Nadie podría negar que en el oficialismo falta interlocución política, pero resulta iluso suponer que eso basta para superar dificultades que son estructurales y que tienen que ver con hábitos muy arraigados.

Esto nos retrotrae a una vieja discusión entre Sebastián Piñera y Andrés Allamand sobre el rol de los partidos políticos. Lo irónico de la situación es que el actual Presidente encarnó a la perfección, durante dos decenios, el paradigma del político de derecha que construye su carrera al margen de los partidos, hasta el punto de ignorarlos por completo en la conformación de su primer gabinete. Ahora, tarde, se da cuenta de los efectos desastrosos de un gobierno sin un soporte político sólido. Pero, ¿cómo podría el Presidente exigir hoy lo que ayer negó y pedir una disciplina a la que nunca se sometió? ¿Cómo podría hacerlo cuando todas sus actitudes confirman que lo suyo es una cuestión más personal que colectiva? No deja de ser sintomático que la reunión que buscaba institucionalizar a la Coalición se haya realizado en la casa del Presidente. Antes, sus grupos de trabajo habían sido bautizados con el nombre de su parque privado. Los ejemplos podrían multiplicarse, pero vaya desafío que tiene el Mandatario si acaso quiere generar una cultura de coalición, pues tendría que partir negándose a sí mismo. Mientras eso no ocurra, nuestra derecha seguirá trenzándose en reyertas sin sentido y, de paso, le seguirá dando la razón a Spinoza.

Publicado en La Tercera el miércoles 6 de abril de 2010.

viernes, 25 de marzo de 2011

El suspenso de la industria

El lunes 14 de marzo, apenas tres días después de la tragedia japonesa y cuando aún se sabía poco del desastre de Fukushima, los ecologistas dieron el tono de la discusión: el eurodiputado Daniel Cohn-Bendit exigió la organización de un referendo para decidir si Francia debe o no abandonar definitivamente la energía nuclear. El gobierno no se demoró mucho más en salir a calificar la propuesta de "indecente" para con las víctimas del maremoto, asegurando que las centrales nucleares francesas son las más seguras del mundo. Por su parte, el presidente Sarkozy defendió con fuerza la opción nuclear, descartando de plano cualquier posibilidad de renuncia a ella. Los socialistas optaron por un incómodo silencio: aunque siempre han sido partidarios (e impulsores) del desarrollo nuclear, necesitan los votos ecologistas en las elecciones presidenciales de 2012.

El debate se avizora rudo, y es bastante normal, pues Francia es el país más dependiente del átomo. En efecto, casi el 80% de su generación eléctrica proviene de sus 58 reactores nucleares, y eso lo convierte en el segundo productor mundial. Fukushima vino entonces a reabrir un debate que había pasado a segundo plano por la insistencia puesta en el cambio climático y en la reducción de los gases de efecto invernadero. Uno podrá entonces discrepar con Cohn-Bendit respecto de si el referendo es el instrumento más adecuado para deliberar sobre este tipo de problemas, pero es difícil negar la pertinencia de su pregunta: si una catástrofe como la de Fukushima no es la ocasión para formular este tipo de dudas, entonces sí que las víctimas lo habrán sido en vano.

El problema tiene varias aristas. Una de ellas es, por cierto, el apego de buena parte de los franceses a cierta concepción de la soberanía que inspiraba la acción política del general De Gaulle. Francia tomó la decisión estratégica de desarrollar la energía nuclear en los años setenta, cuando el precio del petróleo sufrió alzas bruscas: la energía nuclear apareció como la mejor alternativa para garantizar la autonomía en materia energética. Por eso, abandonar la energía nuclear tiene, para muchos, un insoportable aire a renuncia, pues implicaría volver a una situación de vulnerabilidad. Y aunque es cierto que los reactores nucleares funcionan con uranio importado, nadie tiene muchas ganas de pasar a depender del gas ruso.

Pero la discusión tiene también una dimensión económica: lo que menos necesita Francia en este momento es un desplome de la industria nuclear. No sólo porque tiene la electricidad más barata de Europa, sino sobre todo porque la exportación de reactores nucleares es uno de sus negocios más lucrativos, y Areva, empresa gala, es líder mundial en el rubro. Como si esto fuera poco, los franceses llevan años invirtiendo una enorme cantidad de recursos para desarrollar un reactor de tercera generación (el EPR) que, dicen, sería mucho más eficiente y seguro que sus predecesores. Por eso, la situación actual es como una delicada cornisa: si después de Fukushima el mundo decide insistir con la energía nuclear, aumentando los niveles de seguridad, Francia tiene mucho que ganar: sus reactores son más caros pero más seguros. Si, por el contrario, el mundo opta por abandonar la energía nuclear, un área crucial de la economía francesa, y que ha recibido inmenso apoyo público, estaría en la ruina. Así, no es difícil que la discusión se convierta rápido en diálogo de sordos, pues frente al discurso ecologista, que a veces adquiere carices delirantes ("no queremos ni nuclear ni hidroelectricidad ni generación térmica"), hay poderosísimos intereses económicos que obligan a tomarse con cuidado los argumentos del bando pronuclear.

Con todo, es innegable que la pregunta central no es económica, y ni siquiera es técnica, sino que es moral. Los ingenieros podrán explicarnos con todo detalle que los nuevos reactores son mucho más seguros, que el riesgo es mínimo, que Francia no es un país sísmico y que no hay nada que temer. Pero el hecho es que los accidentes nucleares ocurren poco, pero ocurren. Ni la técnica parece capaz de dominar completamente el entorno, ni las decisiones humanas son necesariamente las mejores. Los mismos franceses han cedido varias veces a la tentación de ahorrar en seguridad extendiendo la vida útil de centrales cuyo costo ya ha sido amortizado. No hay una respuesta satisfactoria para el tratamiento de los desechos, y el costo de desmantelar una central es colosal (¿cómo garantizar que Francia, o cualquier país nuclearizado, dispondrá mañana de esos recursos?). Es cierto que toda acción humana, por definición, conlleva riesgos, pero todo parece indicar que el riesgo nuclear es particularmente elevado. ¿Está dispuesta Francia a seguirlo asumiendo?

Fue justamente un francés quien, hace varios siglos, propuso la creación de una ciencia que nos permitiría dominar el mundo. Su promesa era que el hombre podría transformarse en "maestro y dueño de la naturaleza": Descartes se convirtió así en uno de los fundadores de la modernidad. ¿Estará el proyecto cartesiano y, con él, la idea misma de progreso, tocando aquí uno de sus límites? Ésa es, en el fondo, la pregunta que Fukushima obliga a formular, en Francia y en el mundo, del modo más explícito posible. La discusión está abierta.

Publicado en Revista Qué Pasa el viernes 25 de marzo de 2011

Problemas en Libia

Aunque es difícil predecir cómo se va a resolver la situación en Libia, todo indica que el desenlace será menos rápido del esperado por los países que se sumaron hace algunos días a esta aventura.

Quizás todo encuentra su origen en los términos ambiguos de la resolución nº 1973 de la ONU que permitió la operación militar. Según dicho texto, el objeto de la intervención es la protección de los civiles por medio del establecimiento de una zona de exclusión aérea. El texto suena bonito, pero esconde varias preguntas: ¿qué significa proteger a los civiles? ¿Se les puede proteger “preventivamente” o sólo si son atacados? ¿En qué medida proteger implica también atacar? ¿Hasta qué punto? ¿Puede entenderse, como lo ha sugerido el mismo Obama, que la intervención sólo terminará cuando Kadhafi deje el poder? ¿Espacio de exclusión aérea puede implicar bombardear tanques como se ha hecho hasta ahora? Las preguntas no pueden sino multiplicarse a medida que el escenario se va complicando.

Todo indica que la coalición subestimó las fuerzas del coronel libio, y eso implica que las cosas corren serio riesgo de llegar a un punto muerto, donde los occidentales no puedan intervenir directamente y en tierra, pues no cuentan con la debida autorización de la ONU, pero tampoco podrán irse pues deben cumplir con el mandato de protección. Y lo que menos necesita el mundo son más occidentales clavados en algún lugar del globo sin encontrar una manera digna de retirarse. Esta situación se explica porque los rebeldes no parecen contar ni con la organización ni con el armamento necesario para derrotar por sí solos a las fuerzas de Kadhafi, y éste último tampoco puede moverse. Las voces más tiernas esperan simplemente un alto al fuego de ambos bandos para zanjar la situación, pero eso también es bien improbable: las lógicas desencadenadas por las guerras civiles suelen ser menos pacíficas, y el mismo Kadhafi sabe muy bien que aquí no tiene muchas más opciones que vencer o morir.

A esto se suman las enormes dificultades de la comunidad internacional para construir un discurso medianamente coherente que permita explicar (ni hablar de justificar) su intervención. No se trata sólo de las dificultades interpuestas por Francia a la entrada de la OTAN, o de las divergencias estratégicas entre los países de la Coalición, sino también de la oposición silenciosa de grandes potencias. Rusos y chinos se oponen, pues no quieren dar ningún espacio a una aplicación demasiado extensa al derecho de injerencia que mañana pudiera afectarlos, a ellos o a sus vecinos más próximos. ¿Cómo justificar que se intervenga en Libia y no mañana en otros lugares? Una justicia que se aplica sólo con los más débiles tiene bastante de injusticia. Por otro lado, resulta difícil de explicar que los mismos que hasta hace unas semanas habrían hecho todo lo posible por vender unos cuantos aviones de guerra a Kadhafi hoy estén embarcados en esta operación. Para no decir nada de las tensiones que esto puede generar en el mediano plazo con el mundo árabe, sobre todo después que un ministro francés tuviera la genial idea de pronunciar justo la palabra que no debía: cruzada. No pretendo defender a Kadhafi, ni negar que la intervención haya tenido efectos benéficos (por de pronto, evitar una carnicería segura en Benghazi) pero es innegable que la intervención -tardía, mal pensada y objeto de múltiples desacuerdos- corre el serio riesgo de terminar generando complicaciones impensadas y difíciles de manejar.

En todo caso, si algo quedó claro con esta operación fue la absoluta incapacidad de los europeos para tener algo siquiera parecido a una política exterior común. Ni siquiera cuando las cosas ocurren a unos pocos cientos de kilómetros de sus fronteras -¡al otro lado del Mediterráneo!-, pudieron concordar una política común, y Alemania terminó absteniéndose en la ONU, cuando un voto favorable ni siquiera la obligaba a contribuir materialmente. Ni qué decir que la representante de la Unión Europea para las relaciones exteriores (Catherine Ashton, ¿la conoce?), cargo creado para subsanar esta falencia, no tuvo ninguna participación. Esto no puede sino dejar un grueso manto de dudas respecto de la verdadera capacidad de Europa para constituirse en verdadera unidad política capaz de actuar como tal, sin tener que recurrir a los Estados Unidos incluso cuando la crisis estalla frente a sus narices. Por ahora, más allá de las intenciones, Europa también ha quedado al debe.

Publicado en El Post el viernes 25 de marzo de 2011

El mundo según Guido

ES, POR lejos, uno de los políticos más hábiles de su generación. Constituye una extraña mezcla de liberal, socialdemócrata, ambientalista, progresista, díscolo, defensor de las minorías y farandulero, y es difícil prever sus opiniones, porque en su cabeza bullen consignas difícilmente conciliables, pero en verdad nada de eso parece importarle mucho. Es un animal político, en el más estrecho sentido del término; es decir, un animal de poder. Un poco como su propio partido, Girardi no tiene ideología distinta que el poder mismo, y por eso suele hacerle un flaco favor a las causas que defiende.

Es lo más parecido a un gato de siete vidas que podamos encontrar en la comarca, capaz de sobrevivir a todo: accidentes, cartas pagadas por el Fisco, regalo de zapatillas con fines oscuros, quejas por multas, facturas falsas, y así. Si hay algo seguro, es que Girardi ciertamente puede ser llamado progresista en el sentido de que ha ampliado de modo inaudito el ámbito de lo posible. Eso habla de una voluntad férrea, y por eso yerran quienes lo subestiman. Desde los primeros tiempos de nuestra democracia hizo gala de un raro talento para usar a los medios, especialmente la televisión, en la construcción de una imagen política. Siempre supo mejor que nadie que la imagen es todo y, por eso, en el mundo según Guido, lo central es aparecer y ganar segundos. Poco importa si se arrastran ataúdes o se si pronostica la muerte de cien mil personas por la gripe porcina, ésos son el tipo de detalles en los que no vale la pena detenerse.

Un poco por lo mismo, es uno de los políticos chilenos que ha hecho más esfuerzos por simplificar todos nuestros desacuerdos en una disputa de buenos y malos, y por resumir todas las cuestiones complejas en una frase bien golpeadora: la calidad de la deliberación pública no ha ganado en ese trance. Por eso interpela más que argumenta, y prefiere blandir el brazo antes que hacerse preguntas. Simboliza las peores prácticas clientelistas de nuestro sistema político, y no es imposible que en esto seamos bien injustos, porque Guido está muy lejos de ser el único caso.

Todo esto le funcionó a la perfección durante mucho, demasiado, tiempo, pero como todo tiene un límite -por más que le pese-, en algún minuto su estrategia se volvió contra él: la fortuna, decía Maquiavelo, es cambiante y hay que saber leerla. El pecado de Guido fue justamente ser el más talentoso de su generación y no saber frenar en el momento oportuno: la velocidad lo cegó.

Pero como todo tiene un tiempo, finalmente Guido entendió, o al menos eso parece. Matizó, bajó el tono, abandonó su estilo inquisitivo, todo para obtener la preciada testera del Senado. Para ello, tuvo que someterse a las cúpulas concertacionistas que desprecia y lo desprecian, pero qué va, París bien vale una misa. Guido parece confiar en eso que los sociólogos llaman el carisma de la función: la presidencia de la Cámara Alta le haría tomar altura por el solo hecho de estar allí. El riesgo se lo lleva el Senado, porque las cosas bien podrían ser a la inversa. Y aunque es cierto que la sociología no hace milagros, en el mundo según Guido todo puede suceder, incluso aquello que usted cree imposible.

Publicado en La Tercera el miércoles 23 de marzo de 2011

viernes, 11 de marzo de 2011

Los nuevos puritanos

Hace algunos días, Jacques Attali -quien fuera estrecho asesor de François Mitterrand- propuso sin pestañear la prohibición absoluta de producir, distribuir y consumir tabaco. La sugerencia recibió el rápido apoyo del inefable Daniel Cohn-Bendit, el mismo que en Mayo de 1968 enarbolaba la bandera de "prohibido prohibir". Esto último no deja de ser llamativo, pues muestra bien que quienes buscan expulsar la moral por la puerta tienden a hacerla entrar más tarde por la ventana. Y el tabaco es, sin duda, uno de los principales enemigos del nuevo moralismo que se impone poco a poco en las sociedades occidentales. La máxima consiste en proscribir el cigarro y, para lograrlo, se han ideado múltiples estrategias: impuestos exorbitantes, severas restricciones a la publicidad y segregación social de los fumadores. Se ha llegado al extremo de querer eliminar la aparición de fumadores en el cine, limitando así las posibilidades de expresión artística. Si alguien creía que el arte se había liberado de todas las ataduras, estaba muy equivocado: el imperio de lo políticamente correcto todo lo invade.

Chile no ha estado ajeno a esta lógica: hace algunos años se aprobó una ley (razonable) que obliga a separar los ambientes en lugares públicos, de modo que cada cual pueda elegir si quiere respirar o no el humo del cigarro. Sin embargo, algunos aún no están satisfechos, y el ministro de Salud ha planteado la prohibición total del cigarro en espacios públicos. Yo no sé muy bien si lo más molesto de la propuesta es el arribismo que lleva implícito -algo así como "si los españoles lo hacen, nosotros también"- o el fondo -, que no es otra cosa que ocultar ese horrible pecado bajo la alfombra-; pero sí sé que está presente aquí el germen de algo peligroso.

Porque todas estas propuestas tienen algo en común: están inspiradas por un puritanismo rayano en el fanatismo. En su entusiasmo, olvidan una cuestión central: las sociedades no pueden erradicar todos los males. Tomás de Aquino decía que no deben prohibirse todos los vicios, sino sólo aquellos más graves; y un poco por lo mismo Montaigne afirmaba que todo intento de reforma radical es inútil y peligroso, por una razón muy simple: la naturaleza humana no se presta para ese tipo de aventuras.

Pero nada de esto amilana a los nuevos puritanos, que sólo buscan avanzar en su cruzada. Elaboran sofismas de todo orden, tratando de convencernos de que el cigarro es el peor de los peligros que acecha a la humanidad, que el tabaquismo pasivo constituye el más grave atentado a las libertades personales (como si Santiago fuera un oasis), y así. Pero ninguno de esos argumentos logra esconder el verdadero objetivo que persiguen: la proscripción de aquello que consideran inconveniente, como si los hombres no pudiéramos evitar prohibir aquello que no nos gusta. Yo no fumo y, es más, detesto el olor del cigarro, pero el tabaco me parece inofensivo al lado de estos nuevos puritanos.

Publicado en revista Qué Pasa el viernes 11 de marzo de 2011.