jueves, 30 de junio de 2011

El golpe de Pablo Longueira

EL GOLPE perpetrado por Pablo Longueira en el consejo de la UDI (¿cómo calificar de otro modo la renuncia de vicepresidentes elegidos para reemplazarlos por los notables de siempre?) es la enésima muestra de fastidio hacia un gobierno que muestra un manejo político, cuando menos, deficiente.

En algunos sentidos, es difícil no encontrarle razón a la queja gremialista. El déficit de la actual administración en gestión política es bien evidente, y se está pagando cada día más caro. Podrá parecer una anécdota, pero el hecho de que el Presidente evoque, aunque sea en broma, su eventual reelección, es un signo inequívoco de cierta desorientación. El almuerzo con los presidentes de la Concertación buscaba suavizar las relaciones con la oposición, pero logró el objetivo exactamente contrario. Para peor, nada de esto es casualidad ni se corrige con simples arengas: si el gobierno está en una situación delicada, es porque, a pesar de sus aciertos, carece de ideario. Ni siquiera muestra demasiada convicción por sus convicciones, y por eso todos se sienten con el legítimo derecho de presionar públicamente por los más diversos temas y en los más diversos sentidos. No habiendo hoja de ruta ni acuerdos mínimos, siempre hay expectativas de obtener algo con un poco de forcejeo, y eso la UDI lo captó muy bien, acaso demasiado.

No obstante, es menester decir que el gremialismo tiene una cuota importante de responsabilidad, pues parece mucho más preocupado de sus intereses particulares que de formar parte de un gobierno exitoso. Aún no comprende (y me temo que ya es tarde) que ser oficialista supone responsabilidades. Hasta donde yo sé, la UDI no entró al gobierno obligada y debería asumir las consecuencias de sus decisiones. Ante cada crisis, se repite el mismo (aburrido) libreto: defensa de los amigos, críticas a Rodrigo Hinzpeter, y amenaza de regreso de Pablo Longueira. Y el problema pasa, en buena medida, por los estados de ánimo del mismo Longueira: él ungió a Coloma como presidente cuando era obvio que se necesitaba otro perfil; él vive anunciando su retiro como si en política los liderazgos pudieran ejercerse sin proyección en el tiempo; él, en fin, quiere tomar las riendas sin asumirlas del todo. Esta constante involución de la UDI hacia la figura de Longueira y hacia un supuesto espíritu interno cuasi esotérico es un síntoma de enfermedad que debería preocupar más que exaltar a sus militantes: la coherencia doctrinaria no tiene por qué tener ese precio.

Ahora bien, este golpe no implica ningún cambio real, fuera de seguir tensando las relaciones, pues el problema de fondo tiene que ver con la ausencia de una cultura común que vaya más allá de la persona de Andrés Chadwick. Los espacios comunes no se improvisan, y ni el senador Longueira ni el Presidente Piñera han estado nunca interesados en algo semejante. El primero lidera un exitoso proyecto colectivo que vive cerrado sobre sí mismo, mientras el segundo construyó toda su trayectoria desde el individualismo. Por eso se da esa curiosa situación en la que prefieren hundirse juntos antes que ceder a las exigencias del otro. Así las cosas, no hay indicios de que el escenario vaya variar un milímetro en lo esencial. Y ésa si que es, para todos, una mala noticia.

Publicado en La Tercera el miércoles 15 de junio de 2011.